F.A.N.T.A.S.M.A.S.
Son bebidas efímeras, acordes para la ocasión. Nadie sabe qué toma, así como tampoco nadie sabe nada de los demás.
1
A F y a C los conocí en la recepción del hostel, pero es como si fuéramos amigos desde hace mucho. La primera ronda de cervezas la invito yo. Pago en euros, trato de no pasar la cuenta a pesos. F, un muy entusiasta chico de Holanda, se encarga de la segunda ronda. Estamos en Delirium, un bar en Bruselas en el que hace calor y el techo está cubierto de tapas de barriles de cerveza. El momento amerita otra ronda más, la tercera, que va a cuenta de C, una australiana que parece no tenerle miedo a nada. En la barra pide absenta para todos. Terrón de azúcar embebido, fuego y una cuchara con agujeros por la que cae el almíbar. En la copa se forma un líquido lechoso. Al otro día la resaca será como jamás hubo otra.
A mi vuelta a Buenos Aires intenté rastrear a F en Facebook pero nunca lo encontré. En algún momento de esa noche extraña me dijo su nombre y apellido y entonces creí hacer las conexiones cerebrales pertinentes como para recordarlo. Con C chateamos unas veces, hubo saludos de cumpleaños e invitaciones a nuestros respectivos países. Creo que todavía la tengo en Instagram.
2
Otro viaje, esta vez en Praga. M y V son argentinos. Me acerco a ellos en el hostel porque quiero hablar en español, Europa del este es tan ajena que me hace extrañar a mi familia más de la cuenta. En la plaza principal del centro antiguo, a V se le ocurre encontrar la similitud de los caminantes con gente que conozcamos nosotros. Nos reímos hasta llorar, la gente nos mira molesta, el rictus checo todavía parece clavado en la Guerra Fría. Encontramos a Dolores Fonzi, a María Kodama y a un actor de Montaña Rusa. Ah, y a Bruno Gelber.
Otro día vamos a una disco con luces de colores en el piso y a un bar cilíndrico en donde nos emborrachamos. Hablo con la que dirige el pub crawl y me enamoro. La última noche, con M y V comemos kebabs y flota sobre mí una extrañez. No los voy a volver a ver, lo sé. Sigo hacia Munich, ellos irán para otro lado.
3
Cada tanto pienso en todos ellos, pero no con nostalgia. Es solo la acción de recordarlos y tratar de imaginar qué habrán hecho de sus vidas, si habrán seguido viajando, si estarán bien. Es extraña la forma en la que los caminos de las personas se cruzan, y no me refiero a ese dicho chino del hilo rojo. Son amistades fuertes pero al mismo tiempo fugaces, de compañía.
¿Alguno de todos ellos se acordará de mí? ¿Serán conscientes de lo importantes que fueron en un determinado momento que se perdió a su vez en un mar de determinados momentos?
4
Camino por Viena como si la conociera. Lo hago junto a L, que es brasilero e hincha del San Pablo. Hablamos de su club y de Boca. Bailamos en un bar con unas chicas que acabamos de conocer junto a S, una alemana de mirada inocente que se fascina con este par de sudamericanos y a la que me hubiera gustado conocer más. Hay chupitos, de todos los colores y sabores. Son bebidas efímeras, acordes para la ocasión. Nadie sabe qué toma, así como tampoco nadie sabe nada de los demás. Solo guardo fotos de esa noche en Facebook. Cuando las miro pienso en la película de Richard Linklater.
Tengo también el recuerdo de un norteamericano que andaba de acá para allá con una guitarrita. Tocaba canciones folk. No hablé mucho con él pero se muy bien que escapaba de algo. Bueno, todos lo hacemos en algún punto.
5
En la habitación de un hostel vive una mujer. No sé de dónde será. Es rubia, más bien chica de tamaño, tiene algunos años más que mi amigo R y yo. Me llama la atención justamente eso, que viva en la habitación. Me marea pensar en la cantidad de caras que habrá visto pasar, la cantidad de diálogos inentendibles que habrá escuchado. Está ahí hace casi dos años. Me intrigan todos los porqués que la depositaron en ese cubo de no más de seis por seis. Apenas hablamos, no tiene mucho para decir. Sus modos son lentos y sus ojos grises miran sin mirar.
6
En otro viaje, vuelvo a reencontrarme con R, un amigo de mi adolescencia que hace unos cuantos años vive en Italia. Nos vemos en Edimburgo, en la entrada gótica de un edificio. Pensamos en nuestros amigos en común y en lo bueno que sería que todos estuviéramos ahí mismo, en la ciudad de piedra.
En la calle, a la salida de un bar, nos encaran dos chicas. Hablamos de muchas cosas al mismo tiempo: nos preguntan qué hacemos en su ciudad y si fuimos a tal lado, dicen que mañana podríamos coincidir en ese mismo bar y a esa hora. Todo marcha bien hasta que una de ellas nos dice que su novio despechado la está buscando por los bares, discutieron fuerte esa misma tarde. Al rato, señala al fondo de la calle y vemos al tipo, un urso de casi dos metros que está con sus amigos que avanzan como guerreros celtas. Con R claudicamos en nuestras ansias de conquista y nos retiramos en silencio.
Todavía creo que teníamos algunas chances con las chicas. Les gustaba que no fuéramos escoceses.
7
Entre las caritas que acompañan algunos nombres de mi Facebook está K, una danesa más rubia que el sol que me tiraba onda en Londres. También aparecen E, su amiga, y T, un italiano insoportable.
En un pub, y a pesar de la música y cierta alegría etílica, no encuentro el momento oportuno para poder hablar más con K, y es justamente por culpa del pesado del italiano. Se le empieza a formar un tiro al blanco en la cara. En un momento, E se aburre y termina arrastrando a su amiga las tres cuadras que nos separan del hostel. Me quedo con T y le digo que me arruinó el momento. Él asiente, me abraza y dice que arreglará otra salida con las chicas. Los dos sabemos que posiblemente no será así.
Al día siguiente, el comedor está lleno de caras nuevas.